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Canciones de amor: una larga historia

Desde los antiguos sumerios a Michael Jackson

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	La cantante Edith Piaf.</p>

La cantante Edith Piaf.

La historia de la canción de amor llevó al ensayista y compositor norteamericano Ted Gioia por un viaje que recorre buena parte de la lírica y la canción popular desde la antigüedad a los videos de YouTube. Con sus historias del jazz y del blues (Historia del Jazz y Blues: la música del delta del Mississippi) Gioia había demostrado no solo pasión por la música, también una privilegiada inteligencia para analizar los géneros, de modo que cabe presumir que no alardea cuando al cabo de su nueva investigación, Canciones de amor. La historia jamás contada, propone dos hipótesis centrales: la canción de amor es también la historia de sus prohibiciones, y en ella jugaron un papel innovador las mujeres, las prostitutas y los esclavos.

A poco de asumir que la naturaleza del tema es vergonzante por la vulnerabilidad del amor romántico, sus rastreos lo conducen a documentos que indican la existencia de muchas canciones de amor en el antiguo Egipto, las culturas mesopotámicas, China, la India y viejas culturas tribales, vinculadas a los ritos de fertilidad y la vida amorosa, notoriamente sujetas a censuras y reinterpretaciones destinadas a asociarlas con el culto a los muertos y la celebración de divinidades. Perdidas en su gran mayoría, solo sobrevivieron unos pocos fragmentos líricos que los especialistas abordan como textos, pese a que entonces se cantaban con diversos instrumentos. Antes que la griega Safo, hubo una poetisa caldea llamada Enheduanna que compuso más de cien himnos de amor en la XX dinastía egipcia (1.100 a de C.) que se entonaban como canciones apasionadas: «Te amo a lo largo del día/ en la oscuridad/ a través de todas las largas divisiones de la noche/ esas horas/ yo, derrochador, las malgasto a solas/ yazgo, y doy vueltas, despierto hasta la blanca aurora», y en la cultura sumeria se cantaba un himno de la diosa Inanna a su vulva: «¿Quién la arará para mí?/ Oh Alta Señora, el rey la arará para tí, Dumuzi, el rey, la arará para ti…/ En el regazo del rey se irguió el cedro creciente».

La mayoría de las letras y fragmentos recuperados indica que fueron escritas desde una posición femenina, en la antigua Grecia y en Roma, y fundamentalmente en la civilización islámica, donde las esclavas sexuales eran educadas en la música y el baile, y cotizaban sus precios si sabían cantar «Rompe mi brazalete y afloja mi cinturón/ mi amado Abmed/ vente a la cama conmigo», «Desordena mis cabellos/ frota mi seno, pajarillo/ bebe mi saliva y besa mi mejilla», o con más llana picardía: «Eleva mis tobilleras hasta mis pendientes/ Mi esposo está ocupado».


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