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Carlos A. Aguilera: La contravigilancia

Entrevista a Coco Fusco

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	JuanSí González, <em>El artista como hombre público</em>, 1987.</p>

JuanSí González, El artista como hombre público, 1987.

A pesar de que en los últimos años han ido apareciendo una serie de contribuciones ―reportajes, ensayos, antologías, exposiciones― que ayudan a pensar el cínico y muchas veces servil espacio entre intelectuales y poder en la isla, el reciente libro de la artista y ensayista Coco Fusco, Pasos peligrosos: Performance y política en Cuba (Turner, Madrid, 2017) puede considerarse, desde ya, uno de los libros fundamentales sobre el tema. No solo por la documentación gráfica que sostiene (desde principios de la Revolución hasta 2015) o por sus reflexiones. Sino, por ser uno de los pocos que pone su foco sobre el arte: sociedad civil, obras, artistas e instituciones. Y lo hace desde el performance, esa máquina de guerra a mitad de camino entre el deseo y la denuncia; desde la bofetada.

Durante años, emblemas como “diversionismo ideológico” o “lavado de cerebro” fueron dispositivos ampliamente utilizados por el Estado cubano para castigar y neutralizar cualquier “desvío” que pudiera insertarse en la formación bajo la cual se intentaba adoctrinar a cada generación. ¿Hasta qué punto tú crees que este experimento (primero el de crear al Hombre Nuevo y después el de construir una atmósfera de miedo, castigo y desinformación) han repercutido en el arte de la isla desde Volumen I a la actualidad?

Los artistas de la generación de los 80 querían presentarse al mundo como seres críticos que lograron superar la etapa del “diversionismo ideológico”. Pero la fuga de esa generación a principios de los 90 indica que su intentó fracasó. Hoy día todavía hay artistas en Cuba que son considerados problemáticos. Al mismo tiempo, el Estado trata a los artistas de manera distinta: tiene menos que dar debido a los recortes de presupuesto, así que su poder se expresa a través del control sobre el acceso que puedan tener los artistas a los extranjeros que ofrecen viajes, ventas, y otras oportunidades profesionales.

Hay una pieza de Yeny Casanueva y Alejandro González que yo no recordaba y de la cual hablas profusamente en tu libro: Obra-Catálogo #1. Obra que incluye archivos policiales que muestran “cómo artistas cubanos de alto perfil, curadores extranjeros y diplomáticos habían sido monitoreados por la Seguridad del Estado durante la Bienal de 2006”. Esta contravigilancia: la de los vigilados hacia los vigilantes, ¿podría entenderse como el performance político (y anticastrista) por excelencia? ¿Existen obras similares en el arte hispanoamericano actual, obras que pongan en juego el secreto-Estado?

Yo argumento en mi libro que la contravigilancia de Yeny y Alejandro sí es un performance, y que también los videos que ha hecho Gorki Águila, donde muestra cómo la policía vigila su casa, son performances políticos. En cuanto a tu pregunta acerca de las obras de los latinoamericanos que ponen en juego el secreto-Estado: la mayoría de los ejemplos que vienen a mi mente ahora mismo están relacionados con el cine y la literatura, no con la plástica. Hay muchos directores de nuevo cine latinoamericano que están obsesionados con las dictaduras de derecha y han hecho películas que exploran varios temas relacionados con la represión política, las cárceles secretas, etc.

¿Por ejemplo?

Rojo amanecer de Jorge Fons, Memorias de la cárcel de Nelson Pereira Dos Santos, Qué bueno tenerte viva de Lucía Murat, Acta general de Chile de Miguel Littin, El caso Pinochet de Patricio Guzmán…

Y en el mundo cubano ―aparte de los citados Yeny & Alejandro―, ¿qué otros artistas consideras importantes dentro de esta contravigilancia?

Ruslán Torres y el grupo DIP, por ejemplo. Humberto Díaz, Gorki Águila y algunos músicos… Debo mencionar que en una época José Toirac hizo también instalaciones que tocaban el tema de los oficiales de la Seguridad del Estado.


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