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El subastador y la adicción secreta del barón Thyssen

Simon de Pury, el rey de las subastas

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	El célebre subastador Simon de Pury.</p>

El célebre subastador Simon de Pury.

Simon de Pury (Basilea, Suiza; 1951) es una leyenda del mercado del arte. Hijo de un ejecutivo de una multinacional farmacéutica, se educó en Japón. Quiso ser pintor, pero fracasó y reorientó su carrera. Antes de convertirse en el subastador «del martillo dorado», que pulverizaba récord tras récord en Sotheby's y más tarde al frente de su propia casa de subastas, fue la mano derecha del barón Heinrich (Heini) Thyssen-Bornemisza, para el que trabajó entre 1979 y 1986 supervisando la colección de Villa Favorita (Lugano). De Pury dedica una atención especial a aquellos años fastuosos en su autobiografía, El subastador, que publica Turner. Recuerda que Heini Thyssen era un coleccionista compulsivo que necesitaba comprar al menos una obra de arte cada semana, y algunas semanas una obra cada día. «Alguien tenía que racionalizar sus adquisiciones y yo entré en escena. El barón necesitaba a su lado una persona entendida y limpia que supervisara las compras y que lo protegiese de sí mismo». De Pury también fue testigo de la ruptura del barón con su cuarta esposa, la modelo brasileña Denise Shorto, ante la irrupción avasalladora de Tita Cervera. Todo ello lo cuenta ahora en sus memorias con tanta crudeza como humor.


La mala reputación

«El barón mostraba muchísimo amor filial por su padre, a quien describía como un consumado cazador de gangas, que recolectó los restos de las grandes colecciones americanas después del crac de Wall Street de 1929... Pero el barón no tenía la mejor reputación. Se le consideraba un autócrata intimidante y excéntrico a quien solo le interesaban dos cosas en la vida: las mujeres hermosas y el arte. Habría que añadir el vino. Decir que Heini bebía mucho sería quedarse corto. En otra rara ocasión me confesó que su padre había muerto de alcoholismo. Bornemisza, su título húngaro, se traducía como 'no bebe vino'. Pero él decía que su título debería de haber sido: 'no bebe agua'. La abstinencia no cuadraba con este hombre tan dado a los placeres. Cuando empeoró su salud, lo que hizo fue buscarse un nuevo médico que le dijo que la mejor cura para sus rígidas arterias era tomar ajo crudo a mansalva, untado en tostadas».


El comprador número uno

«El barón solía doblar la esquina de las páginas de los libros y catálogos de su vasta biblioteca de arte cada vez que veía algo que le gustaba. Daba por sentado que podía adquirir cualquier cosa que quisiese. Las esquinas dobladas eran incontables, y mi trabajo era rastrear aquellas pinturas. Esto fue mucho antes de Internet; el único modo de evaluar los cuadros, que no fuera en persona, eran las diapositivas Ektachrome, que eran muy caras, 300 dólares cada una. Todas las mañanas recibíamos por correo enormes paquetes de Ektachromes enviadas por marchantes de todo el mundo. Sabíamos que, al ser el comprador número uno, teníamos la primicia de todo».


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