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La mecenas que coleccionaba amantes

Sobre Peggy Guggenheim

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Peggy Guggenheim.

Nadie pone en duda a estas alturas la inestimable contribución de Peggy Guggenheim al mundo del arte. Sin su casi inabarcable colección los derroteros del mundo de la creación se habrían escrito, a qué no decirlo, de otra manera, seguro. Su interés por determinadas piezas (y por determinados «piezas», dicho sea con el debido respeto) la hicieron poseer uno de los tesoros artísticos más impresionantes que hoy se puedan contemplar en una colección particular. Si visitan Venecia es inexcusable entrar en el Palacio Vernier del Leoni para poder apreciar una parte de nuestra historia más reciente. El ángel de la ciudad, un bronce compuesto por caballo y jinete esquemáticos, ambos de Marino Marini, les dará la bienvenida. La suya no ha sido una biografía al uso, quizá porque su familia tampoco lo fue y es ese devenir único excéntrico, rebelde, absolutamente libre y al tiempo dependiente de los hombres, lo que sigue fascinándonos hoy. Francine Prose, una de las más notables investigadoras actuales, recrea su vida en El escándalo de la modernidad (Turner), una biografía en la que el peso artístico de esta mecenas inigualable se compensa con detalles de una existencia vivida y bebida como pocas.

Nació Marguerite Guggenheim sin necesidades económicas y con la vida, económicamente hablando, resuelta. Pronto, en plena adolescencia, se quedó huérfana de padre, Benjamin Guggenheim, director del conglomerado familiar de minas y fundiciones, que falleció, eso sí, con chaqué y puro en ristre, en el naufragio del Titanic. Y con su amante al lado. Imposible que a una cría en pleno desarrollo no le marcara (de hecho, determinó ciertos comportamientos vitales, pues siempre buscó en los hombres, los cientos con los que compartió lecho, una representación de la fi gura paterna). Su madre, Florette Seligman, de origen judío al igual que su progenitor, tenía la extraña manía de repetir todo tres veces. Su hermana más querida, Benita, falleció tras dar a luz. Hazel, otra de ellas, perdió a sus hijos pequeños en un accidente del que apenas se ha conseguido arrojar luz sobre él, pues ambos niños se precipitaron por la ventana de un apartamento desde una altura de 16 pisos sin que la madre pudiera hacer nada por evitarlo. Impresionante. La cosa no acaba aquí.

 

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