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La voz y el martillo

El siglo XXI ha convertido a un subastador de arte en una celebridad

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	El subastador Simon de Pury.</p>

El subastador Simon de Pury.

Uno no sabe a qué atenerse con Simon de Pury. ¿Qué le gustan más? ¿Los cuadros? ¿Las mujeres? «La búsqueda del arte me ha obsesionado a lo largo de mi vida profesional. Sin mujeres, ninguno de nosotros estaríamos aquí y, al _ n y al cabo, no hay nada mejor que el arte viviente», explica con esa inevitable neutralidad suiza. De Pury es el subastador por excelencia. Genio, animal social, varias veces arrejuntado con algunas de las mujeres más bellas del mundo y elegante a rabiar, acaba de publicar El subastador. Aventuras en el mercado del arte (Turner), libro que de primeras tiene pinta de plomizo ―¿un subastador?―, pero que encierra anécdotas que enganchan como la heroína. «He escrito este libro con William Stadiem. Él vive en Los Ángeles, y yo en Londres. Así que hemos tenido muchas sesiones por Skype. Cuando vi el manuscrito me sorprendí por algunas de las cosas que le había contado», prosigue. «Prefiero centrarme en el presente y en el futuro, así que volver al pasado fue un poco como ir contra mi naturaleza».

El libro disecciona, precisamente, su vida (claro, son sus memorias) sin ningún pudor. Sus amores, sus hijos, toda esa caterva de artistas y socialités que ha conocido en toda su vida. Desde Julian Schnabel hasta Eric Fischl, pasando por Bernard Arnault o Leonardo DiCaprio. Por sus manos han pasado miles y miles de dólares. «La peor pesadilla de un subastador es que nadie puje ―admite De Pury―. En una ocasión conduje una subasta de vinos en Zurich, y habían olvidado comunicar el evento, así que la sala estaba completamente vacía y no había casi nadie en las líneas de teléfono».

 

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