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Leo Castelli, un zahorí en el arte moderno.

Leo Castelli, un zahorí en el arte moderno.

Artículo

ARN Digital

Luis Cáceres

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La Segunda Guerra Mundial supuso la transformación del escenario político, cultural y social de Occidente, que trasladó su centro de Europa a Norteamérica. Leo Castelli, un apuesto e inteligente hombre de origen semita, se vio obligado a abandonar Europa rumbo a Estados Unidos. Atrás dejaba un puesto en la Banca D´Italia en París y su primera exposición junto al decorador de interiores René Drouin en la Place Vendome de la capital francesa, en julio de 1939. Su biografía, ‘El galerista. Leo Castelli y su círculo’, publicada en España por Turner (colección Noema), y los recuerdos del poeta y coleccionista español, José Luis Castillejos, nos acercan esta figura central al arte de la segunda mitad del siglo XX.
La tabla de salvación que supuso para Estados Unidos el estallido de la deflagración europea hizo que saliera del ahogamiento económico experimentado durante los años de la Gran Depresión. La bombardeada Europa parecía convertirse en tumba para el arte moderno, y en medio de esta situación parecía evidente que Nueva York empezaba a erigirse en capital cultural mundial. El éxodo de artistas e intelectuales a la ciudad de los rascacielos alcanzaría a la población más afectada por la guerra, la población judía.

Castelli, quien había nacido en Trieste en 1907, tal como cuenta la historiadora Annie Cohen-Solal en su libro, fue un personaje de educación exquisita, con gran habilidad para los idiomas y una actitud extraordinariamente aguerrida. A esto se sumaba su alianza con Ileana Sonnavend, una joven rumana también de origen judío que provenía de una de las familias más adineradas de la Europa de principios de siglo, la familia Schapira. Ambos, que contrajeron matrimonio muy temprano, mostraron desde su juventud un enorme interés por el arte. Una afición de diletantes que desde finales de los 50 se convirtió en un auténtico oficio.

El Nueva York de 1941, año de la llegada de Castelli, se encontraba cautivado por el arte de Picasso, mientras que el dadaísta Marcel Duchamp, por otro lado, terminaría convirtiéndose en padre teórico e inspirador de los jóvenes artistas que en los 50 y 60 se opondrían al academicismo en el que, según ellos, se había convertido el expresionismo abstracto norteamericano. Durante los 50, Castelli se relacionó con los principales generadores de la nueva estética que tendría en Jackson Pollock y el ‘Action Painting’ su principal figura. Peggy Guggenheim, Alfred Barr (director del MoMA y encargado de colecciones) o el crítico Clement Greenberg, además del galerista Sidney Janis, fueron solo algunos de los personajes que rondaron su amistad. En aquellas fechas aún no existía un entramado importante de galerías.

El principio del cambio

En los 50 la situación cambiaría, generándose un mercado del arte que se convertiría en el más importante a nivel mundial. En 1957, tras haber trabajado como marchante y siempre con el apoyo económico y analítico de Ileana, Castelli abrió su primer espacio expositivo en Nueva York. Solo dos años más tarde, José Luis Castillejo, diplomático español nacido en 1930, poeta experimental y coleccionista de arte, era destinado a la embajada de Washington como secretario de tercera clase. En declaraciones a ARNdigital, Castillejo nos relata las inauguraciones del espacio de Castelli en Nueva York, introducido en esos círculos gracias a sus amistades con Esteban Vicente o José Guerrero, quienes en aquellos años trabajaban en la ciudad de los rascacielos.

“Castelli era un hombre muy amable y muy fino, muy hábil para las relaciones sociales, aunque yo tuve un contacto mayor con Ileana, a la que le compré obras de artistas Pop como Warhol en la sede que habían abierto en París en noviembre de 1962. Siempre he guardado un gran respeto por la obra de Jasper Johns, pero nunca me pude hacer con una de sus piezas, estaba cotizadísimo en aquella época. Había casi que coger número para comprarle. Ileana era una mujer más bien reservada, en algunas ocasiones antipática, Michael Sonnavend, su segundo marido, era sin embargo mucho más abierto”.

Los años 70 fueron muy prolijos para la Castelli Gallery, tanto en América como en Europa. Ileana supo ver rápidamente las posibilidades que tenían artistas como Robert Rauschenberg, Jasper Johns, James Rosenquist o Frank Stella. Todos ellos encontraban agotada la visión modernista e institucionalizada en la que se había convertido la obra de Motherwell, Pollock o Rothko, y aunque Greenberg intentaba por todos los medios realizar una continuación de ese Gran Style norteamericano autónomo, independiente de Europa, lo cierto es que estaban asistiendo al final de su auge. La Castelli Gallery apostó por enseñar la obra de unos creadores que ponían en entredicho los propios géneros tradicionales del arte, incorporando a la pintura elementos tridimensionales y matéricos, muchas veces eran objetos de deshecho adheridos al lienzo, como hacía Rauschenberg en sus ‘Combine Paintings’. Todos tenían un fin, que era la desacralización de la sublimidad del arte.

La vuelta a Europa

Los 70 ‘reventaron’ la contemplación puramente visual y estética del arte de la pintura. De acuerdo con esta línea de pensamiento fueron expuestos en la galería de Castelli artistas Pop como Lichtenstein o Warhol, que perseguían una vuelta al objeto cotidiano así como el interés por las imágenes de consumo de la publicidad y los medios de comunicación de masas. Castillejo afirma que “fueron Castelli e Ileana quienes colocaron en la cima al Pop Art y acabaron de ‘asesinar’ el modernismo de la Escuela de Nueva York. Los alemanes y los italianos fueron fundamentales en el apoyo de estas nuevas tendencias. Yo mantuve muy buenas relaciones con Greenberg, con quien tenía muy buena amistad. A pesar de que me interesaba el Pop o el Minimal, me acabé declarando fundamentalmente modernista, amante del Expresionismo Abstracto. Se nos criticó muchísimo por no defender las nuevas tendencias que surgieron en oposición a este movimiento”.

Los contactos que mantuvieron Leo Castelli e Ileana Sonnavend con Italia a través de su presentación del arte estadounidense en numerosas Bienales de esos años, hizo que se empezara a forjar una verdadera comunicación entre artistas, galerías, comisarios, intelectuales o historiadores de ambos continentes. Fue así como Castelli se convirtió en el primer galerista en conseguir monopolizar la producción y venta de importantes artistas vivos. Sus relaciones con intelectuales de la talla de Gian Enzo Sperone o, el que se convertiría en uno de los más importantes coleccionistas de arte estadounidense en Europa, el conde Giusseppe Panza di Buomo le permitieron alcanzar cotas de prestigio y ventas altísimos en las siguientes décadas.

Finalmente, en 1998 terminaron las actividades comerciales de Castelli. Sin perder su espíritu de intensa actividad, el galerista se hizo cargo de la importancia histórico-artística que marcó su trayectoria donando los archivos de la galería al Smithsonian Institution Archives of American Art. Este es solo un pequeño atisbo de la emocionante aventura narrada magistral y prolijamente por Cohen-Solal en ‘El Galerista. Leo Castelli y su círculo’.

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