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Liturgias de genio

«Rituales cotidianos» descubre las rutinas y rarezas de 160 grandes creadores de todos los tiempos

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El director sueco Ingmar Bergman.

Se levanta todos losdías del año a esa hora en punto? ¿Qué hace nada más saltar de la cama? ¿Desayuna lo mismo, de idéntica guisa? ¿Sigue un orden rígido de pequeños ritos antes de acostarse? ¿Toma siempre un trago de leche caliente en la taza roja descascarillada aunque se encuentre indispuesta en el lavavajillas? Si pudiéramos asomarnos a la intimidad doméstica de algunas de las mentes (y almas) más brillantes de los últimos cuatro siglos descubriríamos que, al menos en la forma, no somos tan diferentes a ellos. Flexibles, maniáticos, extravagantes, austeros, disciplinados, sistemáticos o caóticos, desde Joan Miró hasta Inmanuel Kant, pasando por el coetáneo Stephen King, todos se impusieron sus rutinas de cada día con el propósito mundano de organizar su tiempo de trabajo y de ocio, y tratar así de garantizarse un determinado grado de productividad en cada jornada.

El artista barcelonés, por ejemplo, se agarraba a una planificación inquebrantable y rica en la práctica de deportes vigorosos ―corría y boxeaba―, en un intento de mantener ahuyentado el espectro de la depresión que padeció en la adolescencia. No perdonaba los tres cigarrillos con los que ponía la guinda al café del almuerzo, ni tampoco la sesión posterior de «yoga mediterráneo». Así se refería Miró a su siesta de cinco minutos suizos de reloj. En una hipotética carrera que midiera la infalibilidad en los usos, el filósofo prusiano de la Ilustración también haría podio. Los vecinos de su Königsberg natal ―una ciudad amurallada de la que Kant apenas se aventuró a salir, ni siquiera para deleitarse con la inmensidad del Báltico, que le quedaba a una distancia relativamente exigua― sabían con exactitud la hora en que vivían en cuanto le veían salir de su casa «con su abrigo gris y su bastón español en la mano»: las tres y media en punto de la tarde. Del terrorífico autor de Portland da miedo incluso su liturgia laboral, de la que no se redime truene, cumpla años o se festeje Halloween. Su cuota diaria son 2.000 palabras. Si no la cumple, no se acuesta.


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