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Los curiosos impertinentes y de mirada de otro

George Borrow y Richard Ford

Arículo

Centro VIrtual Cervantes

Anuario 2002

Tom Burns Marañón

http://cvc.cervantes.es/lengua/anuario/anuario_02/burns/p06.htm

 

George Borrow y Richard Ford

George Borrow y Richard Ford fueron dos ingleses cuyos caminos jamás se hubieran cruzado de no ser por el entusiasmo que compartieron por España. Los dos, «curiosos impertinentes» hasta la médula, recorrieron a caballo toda la Península Ibérica prácticamente palmo a palmo y establecieron, conjuntamente, el canon de la imagen romántica de España. La «hispanomanía» es esencialmente el producto de la idea y del ideal de España que ellos propagaron.

El primero, Borrow, hijo autodidacta de un sargento chusquero del ejercito británico, dotado de una memoria prodigiosa y un extraordinario don para aprender idiomas (además de español, francés, alemán, danés, italiano y griego, hablaba y escribía árabe, armenio, hebreo, galés, euskera y caló), viajó por España entre 1836 y 1840 repartiendo biblias protestantes como agente de la British and Foreign Bible Society. Esta sociedad fue un pilar de la Inglaterra victoriana y se encargaba de hacer llegar sus sagradas escrituras a lugares exóticos poblados de infieles como la budista China, y, por supuesto, la católica España. El aventurero y bohemio agente y la virtuosa y pía sociedad que lo financiaba al final acabaron mal, como no podía ser de otra manera, y Borrow fue llamado a Londres y despedido.

Ford, el otro pope de la «hispanomanía», hijo de un influyente diputado conservador y de una heredera aristocrática, educado en Oxford y veterano de un largo grand tour por Alemania, Francia e Italia —patrimonio del gentleman de la época—, se recorrió España entre 1833 y 1836, en parte, porque la salud de su mujer requería un clima mediterráneo (la alojó en un palacete sevillano que alquiló), y, mayormente, porque quería visitar los lugares donde había combatido su héroe, el duque de Wellington, durante las campañas de la Guerra de Independencia, conocida como The Peninsular War por los ingleses.



Borrow, aconsejado y alentado por el erudito Ford, que era amigo de los mejores editores ingleses, publicó sus vivencias hispanas como The Bible in Spain en 1843. «Mi consejo es evitar una prosa refinada» —le escribió Ford a Borrow—. «Sé fiel a ti mismo, a lo que has visto y a la gente con quien te has entremezclado [...] danos aventuras [...] brujería, judíos, gentiles, callejeos y el interior de las cárceles españolas —cómo entraste y cómo saliste.» Borrow siguió los consejos del sofisticado Ford al pie de la letra y a John Murray, el singular editor que publicó a ambos hispanófilos, Ford le escribió que The Bible in Spain sería «una extraña mezcla de gitanos, judaísmo y aventuras misioneras [...] puedes estar seguro de que el libro venderá. Borrow te va a poner huevos de oro».

La extravagante obra del no menos chocante George Borrow fue, efectivamente, un sorprendente best seller. Y también lo fue Handbook for Travellers in Spain and Readers at Home dos años más tarde cuando Ford por fin publicó sus propias vivencias hispanas. El editor Murray había retirado una versión anterior del Handbook porque consideraba que incluía opiniones demasiado hirientes para los españoles, pero la edición que finalmente apareció, con enorme éxito, seguía poblada de juicios tan ingeniosos como venenosos y, al fin y al cabo, ignorantes. En el capítulo de su Handbook dedicado a Ávila, por ejemplo, explicó que Santa Teresa fue una «monja enferma de amores» que fue incluida en el santoral en 1622 por el papa Gregorio XV gracias a los sobornos de Felipe IV, cuando en realidad debería haber sido «encerrada en un manicomio». A Ford, el aristocrático y arrogante protestante inglés que se conocía los clásicos de memoria, la espiritualidad de Teresa y de la España del siglo XVI le importaban un comino.



Ford se paseó por España montado en una jaca cordobesa y disfrazado de campesino serrano con zamarra, faja, manta y sombrero calañés —el sombrero de ala vuelta hacia arriba que lucía José María Hinojosa Corbacho, el Tempranillo, el bandolero entre los bandoleros y el «rey» de la Sierra Morena. En las alforjas de Ford nunca faltaban blocs y plumas para tomar apuntes y realizar bocetos y aguafuertes. Como «curioso impertinente» de pro, tenía pasión por observar, anotar y pintar todo lo que le llamaba la atención. Viajaba por lo general con los arrieros y le gustaba compartir puchero con ellos en las ventas que frecuentaban. El pueblo español, espontáneo y vital, bravo ejemplar de un noble primitivismo, recibió toda suerte de alabanzas por parte de Ford. La clase política española era objeto, por el contrario, de cuantos dardos pudo enviar: «La causa real y permanente de la decadencia en España, de la falta de cultivo y de la tristeza y la miseria es el MAL GOBIERNO» —escribió Ford con mayúsculas— «civil y religioso que puede observarse en todas partes, en el campo y en las silenciosas ciudades».

Ford estaba en España por la aventura que representaba este «desconocido» y «ancestral» país y porque España le permitía la posibilidad de dar rienda suelta, y en el anonimato, a la bohemia que llevaba oculta bajo el refinamiento y el manierismo heredado que conformaban su condición de gentleman. Hippy, de buena familia avant la lettre, jamás pudo haber viajado por Inglaterra como se recorrió España y, de hecho, nunca tuvo la menor curiosidad por conocer las condiciones en las cuales vivía el pueblo llano inglés. Gerald Brenan acertó plenamente en su prólogo de Gatherings from Spain: «Cuando dice [Ford] que la pobreza y la lamentable situación de los campesinos y de los trabajadores de las ciudades es consecuencia de la corrupción y de la ineficacia de los gobiernos españoles, olvida que la miseria de los labradores y los obreros ingleses era aún mucho mayor».



Viajero romántico en España, Ford fue un excéntrico hispanófilo en Inglaterra. Cuando volvió de su periplo por España se instaló en una cómoda casa de campo cerca de la ciudad de Exeter, donde plantó pinos y cipreses que mandó traer desde Andalucía, y construyó una torre al estilo mudéjar, que emparró de yedra y mirto, y bautizó con el nombre de La Madriguera. Ahí escribió su Handbook, enfundado en la chaqueta hecha de la piel y la lana de una merina negra que solía ponerse en sus galopadas por España. Desde su casa solía salir a caballo a visitar a sus vecinos llevándoles botellas de vino que importaba directamente de sus amigos bodegueros de Jerez y lechugas de su propia cosecha. En las casas aristocráticas de la comarca se hizo famosa su elaboración de la ensalada, plato que consideraba una de las «glorias» de España. Ford, buen conocedor del refranero, decía que cuatro personas eran requeridas para este manjar: «Un derrochador para el aceite, un tacaño para el vinagre, un asesor para la sal y un loco para envolverlo todo».

«Personaje estrafalario y de pocas letras» —según Marcelino Menéndez Pidal—, George Borrow carecía por completo de esa capacidad de frío y escéptico distanciamiento que caracteriza a la pudiente clase británica, a la cual pertenecía Ford, y por ello, se volcó todavía más con lo popular y lo folclórico del paisanaje español. Se ufanaba de ello: «No tengo la pretensión de conocer íntimamente a la aristocracia española, de la que me mantuve tan apartado como me permitieron las circunstancias; en ravanche he tenido el honor de vivir familiarmente con los campesinos, los pastores y arrieros de España, cuyo pan y bacallao [sic] he comido, que siempre me trataron con bondad y cortesía, y a quienes con frecuencia he debido amparo y protección». Borrow tenía especial predilección por los gitanos, cuyo idioma hablaba, y en una ocasión, cuando obtuvo una entrevista con el Arzobispo de Toledo se presentó diciendo «Yo soy el que los manolos de Madrid llaman don Jorgito el Inglés».



Aquella «especie de rumor venido de lejos de esa España» —según George Orwell—, «que existe en la imaginación de todos» era el aire mismo que respiraba Borrow. Viajó a Badajoz desde Lisboa montado en «una triste mula, sin riendas ni estribos» y se emocionaba por momentos según se acercaba «a la romántica, a la caballeresca y vieja España». Cruzó, según The Bible in Spain, la frontera que establece el río Guadiana al grito de «¡Santiago y cierra España!», y en aquel mes de enero de 1836, comenzaron lo que no dudó en llamar «los años más felices de mi existencia [...] [en] el país más espléndido del mundo».

Su acometido era repartir biblias, pero su afán, como un quijote más, era la noble aventura: «Montaré mis caballos que relinchan en la cuadra y me iré a recorrer en persona los pueblos y las llanuras de la polvorienta España». A los lectores de The Bible in Spain les recomendó los «pueblos solitarios y apartados de La Sagra», que es una comarca toledana, porque ahí se encuentran los «genuinos» españoles que, según Borrow, habían desaparecido de los puertos de mar y de las grandes ciudades.

Borrow recomendó los pueblos de La Sagra porque allí se podría encontrar «la gravedad en el porte y la caballeresca disposición de ánimo que se dan por destruidos en la sátira de Cervantes; allí se oirá, en la conversación de cada día, esas expresiones grandiosas, que son objeto de mofa, como exageraciones ridículas, al encontrarlas en los libros de caballería». Algo bastante parecido diría un siglo más tarde Gerald Brenan, que fue otro defensor a ultranza de la vida en los pueblos, cuando escribió, en South from Granada, que «los habitantes de Yegen sabían todo lo necesario para su prosperidad y felicidad y sólo habrían adquirido unas frases pedantescas de haber sabido más».



George Borrow se esforzó por retratarse en The Bible in Spain como un patriótico británico y un bravo protestante que cumplía la peligrosa misión de propagar la fe en un violento país. Pero a lo largo del testimonio de sus cuatro años en España se impone la figura de don Jorgito el Inglés, un vividor salido de la más pura picaresca, que goza de su estancia en un romántico entorno. Su libro lo convirtió en una celebridad y marcó un antes y un después en la visión anglosajona de las «cosas de España». Dos años después, Richard Ford pudo satisfacer el enorme interés que Borrow —el Gitano, que es como lo llamaba Ford— había despertado con su monumental Handbook for Travellers in Spain and Readers at Home. «Nunca se había producido hasta entonces» —escribió el crítico de arte y buen amigo de Ford, sir William Stirling-Maxwell— «una creación literaria de tal magnitud bajo un título tan poco pretencioso».

El hecho es que el Handbook era mucho más que una guía para viajeros; era una tentadora invitación a la aventura que Ford dirigía a sus amigos y conocidos de instituciones como la Royal Geographical Society y de los tradicionales clubes donde se reúnen los gentlemen de Londres. A ellos les «vendía» una tierra virgen, distinta a cualquier otra, a la cual le podrían sacar mucho partido. A juicio de Ford, España era incompatible con la modernidad y no cambiaría. No se podría construir, por ejemplo, una red ferroviaria, en parte por la accidentada geografía española pero, sobre todo, porque sus amigos los arrieros «nunca consentirán que la locomotora luterana les quite el pan». Una de las opiniones más aberrantes de los «curiosos impertinentes» era que el español vivía encantado en sus andrajos del medievo.



«Aquí, ciertamente» —escribió Ford de España en el Handbook— «encontrará terreno abonado todo el que quiera en estos tiempos de tan escasas noticias publicar algo nuevo: hay paisajes para llenar una docena de portafolios y asunto para una veintena de volúmenes en cuarto. ¡Cuántas flores se marchitan sin figurar en ningún tratado de botánica! ¡Cuántas rocas se deshacen sin que se las mencione en la geología! Cuántos paisajes dignos de ser dibujados, cuántos osos y ciervos que cazar, cuántas truchas que pescar y comerse, cuántos valles tienden su pecho deseosos de abrazar a visitantes ocultos, cuántas bellezas vírgenes desconocidas hasta ahora esperan al feliz miembro del Travellers Club, que en diez días puede cambiar el aburrimiento del eterno Pall Mall por esos sitios solitarios».

Sin duda, adinerados aventureros del Travellers Club —que se encuentra en la señorial calle de Pall Mall, cerca del parque de St. James— aceptaron la invitación de Ford y lo cierto es que también la aceptaron, en el siguiente siglo, románticos como Brenan y Hemingway. El canon de la «hispanomanía», con su particular «mirada del otro», estaba establecido. A España nunca le faltarían visitantes anglosajones, ni, por la misma regla, le faltarían al Instituto Cervantes clientes de habla inglesa.

Que esa idea de una España en la imaginación, ese «rumor venido de lejos», que ese «ideal» de lo español sean los de un país y un pueblo todo lo «bello» y «dinámico» que se quiera pero, a fin de cuentas, arcaico, diferente y problemático, es otra cuestión.

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