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Los oficios terrestres

Mark Strand fue uno de los poetas mayores de la literatura norteamericana

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	Mark Strand.</p>

Mark Strand.

El joven soldado del Ejército Rojo guardaba un cuadernito de poemas en un bolsillo de pecho. Una bala alemana le atravesó el cuadernito y el corazón. Debería pasar mucho tiempo, una complicada historia familiar, para que la madre del soldado, una búlgara, confiara a una vecina amiga los papeles de su hijo. A su vez, la vecina le entregará a su hija, estudiante de literatura en Chicago, esta herencia íntima. La joven acude a su profesor de literatura. El hombre imagina que la joven quiere consultarlo por alguna inquietud relacionada con el estudio, una asignatura, un trabajo de largo plazo. Pero no. Como el profesor es poeta y tiene cierta fama, la alumna lo quiere consultar a ver si es posible rescatar del olvido los versos de aquel muchacho muerto en combate. Le entrega una traducción de sus fragmentos autobiográficos. Y más tarde el cuadernito de poemas agujereado por la bala con sus hojas pegoteadas por la sangre seca. Al profesor le tienta meterse en los vericuetos de la reconstrucción de los textos. Como poeta, le interesa por el lado del y el misterio que encierra una escritura que lo obliga a sumergirse en el enigma de esas páginas pegadas por sangre seca, con un agujero de bala en el centro. Hay un matiz de culpa en su encargarse de reconstruir esa poesía. La alumna lo ha hecho responsable de la existencia de un presunto gran poeta. Por otro lado, innegable, esta trama comparte bastante el aire de una historia encontrada en una botella. (Acá cerca tuvimos el memorable «Iosl Rakover habla a Dios», de Zvi Kolitz, atribuído a un resistente en el ghetto de Varsovia y publicado en 1946 en el Diario Israelita). En una página de diario del joven lee: «Llevo toda mi vida intentando superar mi nacimiento». Y se pregunta acerca de la necesidad de restaurar lo que falta, lo que se fue por ese agujero de bala, si es posible recomponer y traducir ese vacío. El profesor se acuerda de uno de sus propios poemas: «Donde sea que esté, yo soy lo que falta». Y también se acuerda de unos versos de Wallace Stevens que refieren la nada, «la nada que hay». El hueco se convierte en un espejo, un espejo en el que no ve nada. Piensa que el joven poeta muerto es su doble. O, también: él deviene doble del muerto. Sostiene una página contra la ventana. Le fascina la fragilidad de todo. Se pregunta por qué encumbrar aquello que había fracasado. Agarra una hoja, mira a través del agujero. Una ráfaga de viento sacude las hojas de los árboles.


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