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«No soy una coleccionista.
Soy un museo»

Sobre Peggy Guggenheim

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	Peggy Guggenheim en Venecia, en 1965. © Carlo Bavagnoli</p>

Peggy Guggenheim en Venecia, en 1965. © Carlo Bavagnoli

El padre fue uno de los 1.500 cadáveres que dejó el Titanic a la deriva. Iba en el pasaje de primera clase. Vestía de impecable y así lo tragó el mar. Sucedió en la madrugada del 14 al 15 de abril de 1912. En ese tiempo, Peggy Guggenheim tenía 14 años y una propensión a figurar como la loquita de la casa, dispuesta a una excentricidad que entre los muy ricos suele ser amortiguada con el invierno en el mejor internado. Aquella orfandad repentina le soltó aún más las bridas y en medio de una tropa de zumbados (su madre repetía cada frase tres veces y su tío Washington tenía por costumbre mascar carbón y puntas de hielo) fue tomando conciencia del mundo a su manera. Estudió en los mejores colegios, equilibró su complejo de fea con la exhibición de una energía desbordante y a los 21 años heredó una fortuna que asumió como lanzadera. Aunque no sabía hacia dónde. Al rematar los estudios entró a trabajar en una librería vanguardista de Nueva York. Esa soltura de ideas de sus compañeros le dio munición para elegir su senda, que iba a ser la que nadie esperaba.

Descubrió las vanguardias y el gran arte europeo. Bebió el veneno de todo aquel paisaje nuevo y con la herencia del padre se situó frente a los mejores pintores del momento como un cazador a conejo parado. Ante el menú abundante de artistas hizo los baúles y viajó a París porque allí estaba esa turba de genios que bebía gasolina hasta explotar. Buscó apartamento en Montmartre y se diseñó un temperamento bohemio que le llevaba de los talleres de artista a los tabernones de luz tocinera. Peggy Guggenheim entendió que el talento no estaba sujeto a ninguna obediencia. Y entonces saltó con una libertad extrema (libertad de millonario) al centro mismo del circo del arte, ataviada con una dialéctica de noches locas, apetito de cuerpos nuevos y un alma de falda corta para arrear contra las convenciones.

A su alrededor armó una galaxia fenomenal de artistas, casi todos pobres como ratas pero capaces de apurar la vida hasta donde alcanza el límite de la integridad física. Ella fue una de las mecenas de aquel grupo de gloria. La amante voraz que generó su propia revolución francesa. Iba dejando a su paso un rastro de rumores y certezas, de excentricidad, de leyenda, de metralla para el cacareo de las cenas, también de soledad mal entendida. Y en todo esto indaga la escritora Francine Prose en una biografía minuciosa de los años más excéntricos de la dama: Peggy Guggenheim. El escándalo de la modernidad, publicada por Turner.


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