128 / 1000

«Obligar a los niños a comer es contraproducente»

El Comidista entrevista a Bee Wilson

<p>
	Bee Wilson en la cocina de su casa.</p>

Bee Wilson en la cocina de su casa.

Están por todas partes. Niños que sólo comen pasta, filete y galletas con leche, y que aborrecen la verdura y la fruta. Niños que se niegan en redondo a probar nada nuevo. Niños rodeados, quizá, por adultos incapaces de comer sano. Adultos que se pirran por una hamburguesa o un donut y que mueren de tristeza ante unas judías verdes o un pescado. Adultos que han probado las mil y una dietas y no consiguen adelgazar.

¿Cuál es el problema de todos ellos? ¿En qué se diferencian de ese tercio de la población que, en los países ricos, permanece ajeno al sobrepeso y a la obesidad contra viento y marea? Para Bee Wilson, la respuesta es relativamente simple: no han aprendido a comer bien. ¿Y cómo se aprende a elegir correctamente lo que comes? Aquí el asunto no es tan sencillo, y por eso esta historiadora y escritora gastronómica británica le ha dedicado todo un libro, el apasionante El primer bocado.

En él describe los mecanismos que nos llevan a preferir unas comidas a otras desde la infancia, y también da algunas claves prácticas para cambiar las cosas tanto en críos como en mayores. Ameno, riguroso y con una tesis con la que no puedo estar más de acuerdo ―la única manera de abrazar la comida sana es el placer, nunca la imposición o las monsergas saludables―, leer este libro es una auténtica gozada. Tanto como charlar con su autora.

En algunas familias, unos niños comen bien desde pequeños, y otros son un suplicio. Se supone que han recibido la misma educación. ¿Por qué?
Sin duda, hay un componente genético que determina cómo comemos y cómo nos relacionamos con la comida. El mundo del gusto es distinto para todos. Incluso los gemelos aprecian y digieren la comida de forma distinta. Varía todo: la forma de masticar, de tragar, incluso de disfrutar del acto de comer. En el caso de los bebés, por cómo beben leche, los psicólogos ya pueden intuir si esa persona será delicada con la comida o si comerá de todo. Pasa lo mismo con los niños. Por mucho que los padres se empeñen en tratarlos a todos por igual, nunca lo logran. Hay estudios que demuestran que alimentamos de forma desigual a nuestros hijos, en función de si son niños o niñas.

¿Tiene algún sentido obligar a los niños a comer fruta o verdura?
¡No, para nada! Imagina que, aun siendo adultos, te fuerzan a comer algo que odias, como los caracoles. No sólo es cruel, sino que no funciona. Cuando los niños se sienten obligados a comer, al final acabarán aborreciendo esa comida. Lo que sí tiene sentido es seguir ofreciéndoles verduras, aunque digan que no les gusta. Que digan «no», no significa que estén destinados a odiar las espinacas o las peras toda la vida.

Seguir leyendo

Libros relacionadosˇ
Primerbocado_wilson_turner
El primer bocado
El primer bocado
Cómo aprendemos a comer
Bee Wilson