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¿Quién demonios era Frankie Lymon?

Sobre Yeah! Yeah! Yeah!

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	Frankie Lymon.</p>

Frankie Lymon.

En 1942, cuando el sindicato de músicos estadounidense decretó su gran huelga, Frank Sinatra no era más que el vocalista principal de la orquesta de Tommy Dorsey, que competía con muchas otras big bands que también tenían vocalistas de primera. Los empresarios musicales se dieron cuenta de que la prohibición de actuar y grabar no intimidaba a los cantantes y, reuniendo algunos coros afroamericanos como acompañamiento, convirtieron a estos solistas en estrellas independientes. Y, poco a poco, Sinatra –en cuyas apariciones se produjo por primera vez el desencadenamiento apasionado del público femenino– llegó a ser «la voz», el indiscutible jefe de filas de «la tradición de la música popular norteamericana», que contaba con una larga lista de grandes compositores (Gershwin, Porter, Arlen), orquestas (Goodman, Ellington, Miller) e intérpretes (Bessie Smith, Billie Holliday, Armstrong, Fitzgerald, Crosby). El modo en que el ojizarco acababa cualquier melodía que llegase a sus labios, casi sin inmutarse, transformándola en un clásico, le auguraba un reinado eterno todavía en 1955, cuando se estrenó la película Semilla de maldad, en cuyas primeras secuencias un grupo de adolescentes conflictivos de un instituto de secundaria destruye la colección de discos de jazz de su profesor al ritmo de «Rock around the clock», de Bill Halley & His Comets. Nadie había reparado demasiado en la transición iniciada por Louis Jordan desde el blues (que sólo cotizaba en las listas de éxitos «raciales») al rhythm & blues, que terminó siendo el paso del swing al rock and roll cuando el «Rocket 88» de Jackie Brenston se convirtió en el «Good Golly, Miss Molly» de Little Richard, derritiendo todo el «plomo» de los años de la posguerra mundial. Por obra y gracia de Elvis Presley, que «transformó lo que no pasaba de ser una música libidinosa para negros avispados en una auténtica amenaza para el tejido social de Estados Unidos», Sinatra y todo el ejército que comandaba, sin perder un ápice de su calidad, empezaron a sonar anticuados, como la banda sonora de una época periclitada cuyos enterradores eran, entre otros, Jerry Lee Lewis, Chuck Berry, Carl Perkins, Gene Vincent, Buddy Holly o Eddie Cochran.

Bob Stanley, que cuenta con maestría esta historia en Yeah! Yeah! Yeah!, se pregunta con razón: entonces, ¿por qué se hundió tan deprisa el rock and roll? En 1960, Buddy Holly y Eddie Cochran habían muerto, Chuck Berry estaba en la cárcel, la carrera de Jerry Lewis se hallaba arruinada por sus descalabros sentimentales, Little Richard se había convertido en predicador y Elvis había sido reclamado para el servicio militar, una interrupción de la cual, ayudado por los despropósitos cinematográficos de su agente, el «coronel» Parker, ya nunca se recuperaría del todo.


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