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Tras el rastro de los nazis huidos

La historia de quienes dedicaron su vida a a dar con criminales de guerra

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Adolf Eichmann.

El cine y las novelas han contribuido a fijar la imagen de los líderes nazis suicidándose casi en masa al término de la Segunda Guerra Mundial, en una especie de ceremonial wagneriano tras 12 años de locura colectiva. La decisión la justificaba un Goebbels ficticio en Operación Valhalla, el best seller de 1976: «No tengo ninguna intención de pasarme el resto de mi vida dando tumbos por el mundo como si fuera un perpetuo refugiado».

Sin embargo, como se cuenta en Cazadores de nazis (Turner), de Andrew Nagorski (Edimburgo, 1947), muchos de aquellos criminales ni se suicidaron ni se dejaron atrapar por los aliados. «La mayoría de los cargos medios nazis, por ejemplo, retomaron sus antiguas vidas», cuenta a El Cultural el periodista escocés, director de la edición alemana de Newsweek en los noventa. Como ejemplo cita al oficial de las SS que había arrestado a Ana Frank y a su familia, a quien el famoso «cazanazis» Simon Wiesenthal localizó en Viena, en donde seguía siendo policía después de la guerra.

Cazadores de nazis comienza con los juicios de Núremberg, en los que el joven fiscal Benjamin Ferencz ofició como estrella absoluta. Ferencz, que aún vive, tomó del abogado judío polaco Raphael Lemkim el término genocidio, con el que trató de especificar los crímenes nazis. «Al hablar de genocidio –comenta Nagorski– consiguió que los crímenes fueran juzgados como algo mucho más grave que simples asesinatos. También fue importante que se estableciera el principio de responsabilidad personal». El mismo Ferencz convenció más tarde a la ONU de que impulsara la Convención para la Prevención y la Sanción del delito de Genocidio.

 

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978-84-16354-13-9
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